Ese día se estrenaba el nuevo edificio de la Facultad. Finalmente, el sueño de la casa propia. Era también su primera clase ahora que había decidido cambiarse de carrera. Doble debut. Allí lo vio, abriendo la puerta, despeinado, entrando al aula. Largos cabellos. Entonces ni barba ni bigote poblaban aún con discreción su mentón. Su inolvidable look: una camisa naranja a cuadros debajo de una camiseta gris. Hablar precipitado, atropellando las palabras, ladeando la cabeza y agitando las manos, en movimientos tan discontinuos como rutinarios. Ahí estaba.
Lo volvió a ver, años después, nuevamente, como aquel día. Aunque no habían dejado de frecuentarse. Incluso viajaron a un país lejano por circunstancias similares. Allí, un día, ambos de pie, bajo la montaña, coincidieron una vez más. Dos sedientos que se reencuentran al pie de la fuente, tras un largo peregrinaje. Pero esta vez no estaban solos. Fue un bautizo o una comunión. O todos los sacramentos condensados en el súbito e irracional encuentro en un mismo punto de la casualidad. O de la causalidad.
Supe entonces que no era la primera ni sería la última de nuestras coincidencias. Y comprendí que el destino se encapricha en revelar sus sinuosas formas así, a tientas, cuando nadie menos, menos se lo espera.
Lo volvió a ver, años después, nuevamente, como aquel día. Aunque no habían dejado de frecuentarse. Incluso viajaron a un país lejano por circunstancias similares. Allí, un día, ambos de pie, bajo la montaña, coincidieron una vez más. Dos sedientos que se reencuentran al pie de la fuente, tras un largo peregrinaje. Pero esta vez no estaban solos. Fue un bautizo o una comunión. O todos los sacramentos condensados en el súbito e irracional encuentro en un mismo punto de la casualidad. O de la causalidad.
Supe entonces que no era la primera ni sería la última de nuestras coincidencias. Y comprendí que el destino se encapricha en revelar sus sinuosas formas así, a tientas, cuando nadie menos, menos se lo espera.
