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30.3.09

Vagancia

Escribir es errar

Eugenio Trías, el filósofo español, comienza su libro Drama e identidad (1973) con una suerte de repaso casi cinematográfico del acto de la lectura: “Una noche, antes de acostarnos, sacamos al intruso de su escondite y lo colocamos encima de la mesita de noche. Miramos la portada, leemos la reseña bio-bibliográfica del autor, evocamos una trayectoria vital e intelectual, imaginamos un “personaje”, intentamos adivinarlo o deducirlo. Incluso nos decidimos a abrir el libro y a leer de manera aleatoria algunas frases de aquí y de allá”. Líneas abajo, añade: “Acaso realicemos estas operaciones en alguna media hora que concedemos a nuestra holgazanería. En este estado de somnolencia espiritual (quizás el fecundo de los estados del espíritu) cobramos del libro en cuestión una impresión que difícilmente se nos borra con la lectura atenta y sistemática”. Y concluye: “¿No es acaso la vagancia la madre nunca reconocida de nuestras ideas más fecundas y vigorosas?”.

Trías entiende la vagancia en el sentido más tradicional del término, que está profundamente entroncado con la historia de la filosofía: vagancia como ocio, como suspensión de toda actividad una vez cubiertas (y satisfechas) las necesidades materiales para libre deleite del espíritu. La frase de Trías me llamó mucho la atención porque me hizo recordar este poema de Lucho Hernández:

CUANDO quiero escribir
Algo no lo hago
Porque la serenidad
Y la tristeza
La risa
O el teléfono
Me pretextan
Hacia la vagancia
(Vox Horrísona, p. 196)

¿Qué implica la vagancia en este poema? En cierto sentido, es y no es la misma vagancia a la que refiere Trías. El desapego hacia el ejercicio poético con que nos enrostra el breve poema de Hernández parece decir más cosas de las que leemos. Y es que vagar, como verbo, tiene más acepciones que la de simplemente estar ocioso (es maravilloso que en catalán la palabra “huelga” sea “vaga”). Según el DRAE, también significa “andar por varias partes sin determinación de sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno”. También vagar significa “andar libre y suelto, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. Vagar por el espacio. Pero también tiene un significado como sustantivo, en el que significa “lentitud, pausa, sosiego”. Lentitud y pausa. Ahora hablamos del tiempo. Para Lucho Hernández, entonces, la palabra escrita no puede ser capturada arbitrariamente. No se deja cazar, no se puede “querer” escribir. La palabra escrita llega, se presenta, es un envío, en el sentido derrideano de envío: la palabra, y su significado, no es el concepto, es apenas el emisario, el vicario de un fantasma; la representación de la representación, el trazo del trazo. Por eso, para Lucho Hernández, escribir poesía no puede ser concebido como un acto de afirmación, sino apenas la tentativa de un fracaso sabido de antemano: no se puede querer escribir nada, porque al sujeto la palabra se le escurre, el sentido se disemina y el significado solo se comprende en el juego de las diferencias, en el espaciamiento; y no se puede querer escribir nada porque ese mismo sentido, en la vagancia, se desplaza, se ralentiza, se suspende: difiere. En Hernández, ésta es la condición de posibilidad de todo acto poético: el poeta ya no es un cazador de palabras, ni mucho menos un médium a través del cual habla la musa. El poeta es un loco errante sin norte ni destino de cuya palabra no puede sentir sino inseguridad: de allí que la escritura sea apenas un intento, siempre inacabado, siempre fallido, siempre vacilante y tardío. La poesía solo puede ser vagancia.


Imagen: fotograma final de Tiempos Modernos. El camino hacia ningún lugar que emprende Chaplin, ¿no es un vagar para escapar de la lógica asfixiante de la racionalidad moderna?

27.3.09

Rebotando

Un post sobre Lionel Trilling
Rebotar post o artículos aparecidos en otros medios es una manera bastante perezosa de llevar un blog, lo sé. Más aun cuando este mismo blogger se repliega y desaparece de tiempo en tiempo y no escribe ni una línea si no es por insistencia ajena. Por momentos me siento demasiado imbuido en la teoría y me cuesta salir de allí. Porque escribir implica, al menos para mí, tomar cierta distancia con la realidad y precisamente, hoy por hoy, y desde hace algunas semanas ya, estoy muy anclado a la realidad, tanto que me cuesta salir de ella, escapar. O quizás me siento tan bien en ella que no necesito hacerlo. En fin: esa es otra posibilidad a tomar en cuenta. De momento, disfruto leyendo las noticias sin sentir la necesidad (¿o debería decir "el imperativo"?) de estar informado, pero también leo con regularidad otros blogs que suelo frecuentar gracias al Google Reader. Uno de estos últimos es Fragmentos, del mexicano Christopher Domínguez Michael. Por eso me animo a recomendar su último post, dedicado al crítico literario Lionel Trilling (de quien leí hace unos años, cuando escribía la tesis sobre Lucho Hernández, The Opposite Self, traducido en castellano como Imágenes del Yo romántico). Los artículos de Domínguez Michael son muy recomendables porque practican un periodismo cultural que, aun siendo textos de divulgación, no pierden rigor ni caen en el estilo presuntuoso de sabelotodo, lo cual siempre es de agradecer.

12.3.09

Blanca Varela (1926-2009)

Del orden de las cosas(De Luz del día, 1963)

Hasta la desesperación requiere un cierto orden: Si pongo un número contra un muro y lo ametrallo soy un individuo responsable. Le he quitado un elemento peligroso a la realidad. No me queda entonces sino asumir lo que queda: el mundo con un número menos.

El orden en materia de creación no es diferente. Hay diversas posturas para encarar este problema, pero todas a la larga se equivalen. Me acuesto en una cama o en el campo, al aire libre. Miro hacia arriba y ya está la máquina funcionando. Un gran ideal o una pequeña intuición van pendiente abajo. Su única misión es conseguir llenar el cielo natural o el falso.

Primero se verán manchas y, con suerte, uno que otro destello; presentimiento de luz, para llamarlo con mayor propiedad. El color es ya asunto de perseverancia y de conocimiento del oficio.

Poner en marcha un nebulosa no es difícil, lo hace hasta un niño. El problema está en que no se escape, en que entre nuevamente en el campo al primer pitazo.

Hay quienes logran en un momento dado ponerlo todo allí arriba o aquí abajo, pero ¿pueden conservarlo allí? Ese es el problema.

Hay que saber perder con orden. Ese es el primer paso. El abc. Se habrá logrado una postura sólida. Piernas arriba o piernas abajo, lo importante, repito, es que sea sólida, permanente.

Volviendo a la desesperación: una desesperación auténtica no se consigue de la noche a la mañana. Hay quienes necesitan toda una vida para obtenerla. No hablemos de esa pequeña desesperación que se enciende y apaga como una luciérnaga. Basta una luz más fuerte, un ruido, un golpe de viento, para que retroceda y se desvanezca.

Y ya con eso hemos avanzado algo. Hemos aprendido a perder conservando una postura sólida y creemos en la eficacia de una desesperación permanente.

Recomencemos: estamos acostados bocarriba (en realidad la posición perfecta para crear es la de un ahogado semienterrado en la arena). Llamemos cielo a la nada, esa nada que ya hemos conseguido situar. Pongamos allí la primera mancha. Contemplémosla fijamente. Un pestañeo puede ser fatal. Este es un acto intencional y directo, no cabe la duda. Si logramos hacer girar la mancha convirtiéndola en un punto móvil el contacto estará hecho. Repetimos: desesperación, asunción del fracaso y fe. Este último elemento es nuevo y definitivo.

Llaman ala puerta. No importa. No perdamos las esperanzas. Es cierto que se borró el primer grumo, se apagó la luz de arriba. Pero se debe contestar, desesperadamente, conservando la posición correcta (bocarriba, etc.) y llenos de fe: ¿quién es?

Con seguridad el intruso se habrá marchado sin esperar nuestra voz. Así es siempre. No nos queda sino volver a empezar en el orden señalado.