Escribir es errar
Eugenio Trías, el filósofo español, comienza su libro Drama e identidad (1973) con una suerte de repaso casi cinematográfico del acto de la lectura: “Una noche, antes de acostarnos, sacamos al intruso de su escondite y lo colocamos encima de la mesita de noche. Miramos la portada, leemos la reseña bio-bibliográfica del autor, evocamos una trayectoria vital e intelectual, imaginamos un “personaje”, intentamos adivinarlo o deducirlo. Incluso nos decidimos a abrir el libro y a leer de manera aleatoria algunas frases de aquí y de allá”. Líneas abajo, añade: “Acaso realicemos estas operaciones en alguna media hora que concedemos a nuestra holgazanería. En este estado de somnolencia espiritual (quizás el fecundo de los estados del espíritu) cobramos del libro en cuestión una impresión que difícilmente se nos borra con la lectura atenta y sistemática”. Y concluye: “¿No es acaso la vagancia la madre nunca reconocida de nuestras ideas más fecundas y vigorosas?”.
Trías entiende la vagancia en el sentido más tradicional del término, que está profundamente entroncado con la historia de la filosofía: vagancia como ocio, como suspensión de toda actividad una vez cubiertas (y satisfechas) las necesidades materiales para libre deleite del espíritu. La frase de Trías me llamó mucho la atención porque me hizo recordar este poema de Lucho Hernández:
CUANDO quiero escribir
Algo no lo hago
Porque la serenidad
Y la tristeza
La risa
O el teléfono
Me pretextan
Hacia la vagancia
Trías entiende la vagancia en el sentido más tradicional del término, que está profundamente entroncado con la historia de la filosofía: vagancia como ocio, como suspensión de toda actividad una vez cubiertas (y satisfechas) las necesidades materiales para libre deleite del espíritu. La frase de Trías me llamó mucho la atención porque me hizo recordar este poema de Lucho Hernández:
CUANDO quiero escribir
Algo no lo hago
Porque la serenidad
Y la tristeza
La risa
O el teléfono
Me pretextan
Hacia la vagancia
(Vox Horrísona, p. 196)
¿Qué implica la vagancia en este poema? En cierto sentido, es y no es la misma vagancia a la que refiere Trías. El desapego hacia el ejercicio poético con que nos enrostra el breve poema de Hernández parece decir más cosas de las que leemos. Y es que vagar, como verbo, tiene más acepciones que la de simplemente estar ocioso (es maravilloso que en catalán la palabra “huelga” sea “vaga”). Según el DRAE, también significa “andar por varias partes sin determinación de sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno”. También vagar significa “andar libre y suelto, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. Vagar por el espacio. Pero también tiene un significado como sustantivo, en el que significa “lentitud, pausa, sosiego”. Lentitud y pausa. Ahora hablamos del tiempo. Para Lucho Hernández, entonces, la palabra escrita no puede ser capturada arbitrariamente. No se deja cazar, no se puede “querer” escribir. La palabra escrita llega, se presenta, es un envío, en el sentido derrideano de envío: la palabra, y su significado, no es el concepto, es apenas el emisario, el vicario de un fantasma; la representación de la representación, el trazo del trazo. Por eso, para Lucho Hernández, escribir poesía no puede ser concebido como un acto de afirmación, sino apenas la tentativa de un fracaso sabido de antemano: no se puede querer escribir nada, porque al sujeto la palabra se le escurre, el sentido se disemina y el significado solo se comprende en el juego de las diferencias, en el espaciamiento; y no se puede querer escribir nada porque ese mismo sentido, en la vagancia, se desplaza, se ralentiza, se suspende: difiere. En Hernández, ésta es la condición de posibilidad de todo acto poético: el poeta ya no es un cazador de palabras, ni mucho menos un médium a través del cual habla la musa. El poeta es un loco errante sin norte ni destino de cuya palabra no puede sentir sino inseguridad: de allí que la escritura sea apenas un intento, siempre inacabado, siempre fallido, siempre vacilante y tardío. La poesía solo puede ser vagancia.
¿Qué implica la vagancia en este poema? En cierto sentido, es y no es la misma vagancia a la que refiere Trías. El desapego hacia el ejercicio poético con que nos enrostra el breve poema de Hernández parece decir más cosas de las que leemos. Y es que vagar, como verbo, tiene más acepciones que la de simplemente estar ocioso (es maravilloso que en catalán la palabra “huelga” sea “vaga”). Según el DRAE, también significa “andar por varias partes sin determinación de sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno”. También vagar significa “andar libre y suelto, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. Vagar por el espacio. Pero también tiene un significado como sustantivo, en el que significa “lentitud, pausa, sosiego”. Lentitud y pausa. Ahora hablamos del tiempo. Para Lucho Hernández, entonces, la palabra escrita no puede ser capturada arbitrariamente. No se deja cazar, no se puede “querer” escribir. La palabra escrita llega, se presenta, es un envío, en el sentido derrideano de envío: la palabra, y su significado, no es el concepto, es apenas el emisario, el vicario de un fantasma; la representación de la representación, el trazo del trazo. Por eso, para Lucho Hernández, escribir poesía no puede ser concebido como un acto de afirmación, sino apenas la tentativa de un fracaso sabido de antemano: no se puede querer escribir nada, porque al sujeto la palabra se le escurre, el sentido se disemina y el significado solo se comprende en el juego de las diferencias, en el espaciamiento; y no se puede querer escribir nada porque ese mismo sentido, en la vagancia, se desplaza, se ralentiza, se suspende: difiere. En Hernández, ésta es la condición de posibilidad de todo acto poético: el poeta ya no es un cazador de palabras, ni mucho menos un médium a través del cual habla la musa. El poeta es un loco errante sin norte ni destino de cuya palabra no puede sentir sino inseguridad: de allí que la escritura sea apenas un intento, siempre inacabado, siempre fallido, siempre vacilante y tardío. La poesía solo puede ser vagancia.
Imagen: fotograma final de Tiempos Modernos. El camino hacia ningún lugar que emprende Chaplin, ¿no es un vagar para escapar de la lógica asfixiante de la racionalidad moderna?


