(A quien corresponda)
Ya ha principiado el invierno en Barcelona; raro invierno, lelo y frágil, que parece que va hendirse en el cielo y dejar asomar una punta de verano. Ya ha principiado y ya está en el cenit, retorciéndose hasta quedar de cabeza y empezar su crepuscular huida para dar paso a la primavera. Ya ha principiado y está por agotarse, y el tiempo que delata su marcha se esconde tras el mecánico recorrido de las manecillas del reloj. Pero nuestro amor es intemporal, decía el bolero, y yo me lo creí. Y me lo creí a pie juntillas, y lo repetía como un mantra para exorcizar de ti y de mí esos fantasmas que se empozan en los pliegues del tiempo, de la rutina, de la estúpida cronología sin sentido. Ya ha principiado el invierno, un invierno que comienza a tornarse colorido, iluminado, radiante, tan radiante como el amarillo de las mimosas que vas recogiendo de cada jardín que encuentras a la mano. Ya ha principiado el invierno, ya está dando la vuelta a la esquina, y las tardes a veces se tornan grises y lluviosas, u otras son mañanas frías y ventosas. Y con cada ciclo lunar se agitan también, a veces, o casi siempre, inclementes ramalazos que caen sobre las espaldas para recordar, a veces, o casi siempre, que todo apenas pende de un hilo; un hilo frágil, invisible, indivisible, indecidible. Ya ha principiado el invierno en Barcelona, ya se acerca la primavera, y el tiempo transcurre sin pausas ni atisbos de pausa. Y entre un invierno dado y otro recibido, la inexpresable nada.
(Temo abusar de la confianza. Por eso me quedo aquí y dejo esto escrito: para dejar constancia de que he vuelto. Y espero que por algún largo tiempo más.)